jueves 27 de octubre de 2011
Lo que Está en mi Corazón.
Lo que está en mi corazón... ¿Qué está en mi corazón?¿Quién está?
Mi necesidad obvia y absoluta de volver a escribir se contrapone al desuso de mis facultades creativas y me encuentro en un espacio blanco, o negro, donde las dos fuerzas todavía no colisionaron. Y entonces deseo y me niego y necesito y me reprimo. No quiero escribir en primera persona, extraño las ficciones. Pero ¿qué está en mi corazón? ¿Qué historias esperan el cambio de guardia para colarse? ¿Qué personajes podrán surgir de mi mente enamorada?
Me voy.
A las ocho tengo que estar en el gimnasio.
Out (Side?)
No tengo amigas in. No tengo un marido in. Apenas algunos conocidos "border" y ni tanto.
Las oportunidades no me llueven, los proyectos cuestan y se escapan. Y la mayoría del tiempo no aparecen. Generar, emprender, crear, armar, imaginar... ¿Ad eternum?
Extraño la cocina del teatro, esa incomodidad permanente de alejarme del deber ser. Obvio que estoy "nostalgiando", ni falta que hacía la aclaración.
Y lo pienso de verdad, la vida no puede ser un encadenamiento de obligaciones... no puede. Pero se me nubla el juicio cuando llego a una casa mugrienta a las 9 de la noche después de no sólo haber trabajado, sino también cumplido con el deber del gimnasio. ¿Dónde está la x a despejar? ¿Hay lugar para el despeje o necesito una fórmula resolvente?
Aunque tal vez la mayoría se reduzca a un real y sincero extrañamiento del verano que se hace rogar. Qué se yo... hoy es 27 de octubre y afuera hace 12 grados, no sé qué pensar....
domingo 23 de octubre de 2011
Sebastián
Ella abandonó la comida porque empezó a darle asco. Se olvidó de cargar el teléfono y cuando se murió no se dió cuenta. Se mudó al sillón y puso Aida a todo volumen, pretendiendo sufrir por otra historia más que la propia. Evitó los espejos y las duchas. Hasta que un día después de mucho, encendió la tele y recordó de repente que el mundo siguió haciendo de las suyas mientras ella no estuvo.
Él se guardó un fin de semana a hacer el duelo. No hizo nada fuera de lo cotidiano, el domingo fué a lo de sus padres a comer ravioles y a la noche vió futbol de primera. El lunes empezó la semana con otro aire. Trabajó hasta lo más tarde que pudo y cenó basura todas las noches de la semana. Subió 3 kilos y no se dió cuenta. Bastante rápido volvió a ser viernes y se enfrentó a la disyuntiva del tiempo libre y qué hacer con él. Recordó la invitación de su hermana y armó un pequeño bolso para pasar sábado y domingo en la quinta.
Los días pasaron para ambos. Mal o bien, los días pasan. Lo único que queda es la falta, la sensación de despertarse cada mañana sin Sebastián, la insoportable certeza de que sin Sebastián no hay nada. Vacío.
Ella no sabe qué pasó pero le echa la culpa a él. Él se acuerda todo con lujo de detalles (preferiría no hacerlo) y no sabe qué decir. Igual todo es banal, y en esto estuvieron de acuerdo. Con Sebastián se extinguieron las palabras.
viernes 21 de octubre de 2011
Cambio de sexo
martes 18 de octubre de 2011
Perder
Sentada en la mesa de la cocina, sola al fin, se preguntaba qué es lo que había querido decir con eso de animarse a perder.
¿Animarse a perder qué?
Repasaba su razonamiento una y otra vez tratando de encontrar un ejemplo donde perder no fuera malo, donde no significara renunciar, donde lo que se resigna no hiciera doler.
¡Yo quiero todo! Se dijo. ¿Cómo podría, en mi sano juicio, elegir perder? Si la vida me da cosas, si yo misma genero, si incluso el azar me favorece de tanto en tanto, ¿para qué resignar un pedazo?
¡Sólo yo sé amar como yo sé! Que inaudito pensar que renunciar puede traer goce… No, no. Lo que habría que hacer es eficientizar el sistema para acopiar más y mejor. Porque lo dije dos renglones atrás y lo repito, ¡yo quiero todo! ¡Todo lo que esta vida tenga para dar!
Y no, no es que tenga pensado qué quiero. Digo nomás, que si cae maná del cielo sería estúpido tener antojo de otra cosa. Sería natural, tal vez, pero estúpido. Y yo no soy estúpida. Elijo pensar y decidir y eso me hace coherente. Nadie en su sano juicio podría elegir perder.
Acepto, sin embargo, que la escena final del Guardaespaldas me emociona. Los arrebatos de pasión holiwoodenses me entretienen pero no se asemejan a la vida misma. Nadie abandona algo que ama porque sí, porque es más cómodo, porque no es correcto. No. La gente de verdad intenta charlarlo, they talk it over (la expresión en Inglés es mucho más adecuada), y si él y su afán de libertad y ella y su mal carácter no son compatibles hacen terapia de pareja.
¿Qué es eso, entonces, de animarse a perder? ¿Se habrá vuelto loca? ¿Habráse unido a los Testigos de Jehová?
¿Qué se hace con alguien que defiende un dogma a rajatabla? Alguien a quien queres, digo.
Haciendo una introspección como si estuviera con la psicóloga me pregunto qué significa para mí la palabra perder… Mi mamá me retó una vez cuando era chiquita por dejarme los aparatos en un restaurant. No me olvido más de eso. Y… no sé, nada más. O sea que la sensación de perder está relacionada con la falta, con el castigo… ¡Y si, porque perder es A TODAS LUCES, malo!
¿Entonces?
Entonces no sé, me perdí.
(Y eso, claramente, es malo).
viernes 14 de octubre de 2011
BodyJump
Me dijeron que tengo cara de Camila, aunque ese no es mi nombre. Ni tengo 16 años, como me adjudican. A los diez años salí campeona metropolitana de gimnasia rítmica y aunque ahora no compito me gusta ir al gimnasio.
Yo voy todos los días a una clase que se llama BodyJump. Bueno, todos los días no, pero casi. Se hace arriba de una colchoneta elástica individual, sirve para tonificar las piernas y el abdomen.
Lo mejor de la clase es cuando el profesor me invita a subir al escenario con él. O sea siempre me invita, ya me sé todas las coreos de memoria, podría dar la clase entera yo sola. Mi objetivo secreto es que las chicas me sigan a mí en vez de a él. Me gusta saber que soy la mejor de la clase, es como que me hace sentir bien... Y ojo que muchas me miran.
Algunas me deben tener un poco de envidia. Bah, digamosle admiración. Es que yo siempre trato de dar más, de esforzarme más, de superar el dolor y el cansancio. Jamás me mostraría derrotada, ni siquiera ante un grupo de cinco viejas.
No tengo que ser injusta... a veces son seis.
Hoy invité a una amiga a la clase. Siempre la invito y nunca puede, ella también tiene un super estado físico y secretamente competimos por ver quién tiene mejor técnica arriba de la colcho. Somos re locas, hicimos toda la clase enfrentándonos, dejando al espejo de perfil. Yo la miraba saltar, levantar más y más las piernas y me daba bronca. Y también me partió de odio que el inutil del profesor la invitara a subir. ¡Yo soy mejor! ¡Yo aguanto más! ¡Tengo mejor cola!
La muy puta...
De cualquier forma, hicimos un despliegue fisico increíble para las viejas... no se lo merecían. No sé para que van, ni una le pone esfuerzo... ¡¡levanten las piernas!! Me pone nerviosa...
Bueno, al final de la clase, íbamos empatadas con Cecilia porque ninguna de las dos había aflojado, ni se había caido ni nada... así que se me ocurrió usar el track de abdominales para demostrar que soy mucho mejor y en vez de seguir la coreo le puse MUCHA más dificultad. O sea no es que me quisiera hacer la canchera, pero yo tengo mejor cuerpo, me da bronca que compita conmigo.
Bueno, no sé más que contarles... Me hice el blog para escribir sobre mí y esta es la segunda entrada, espero que les haya gustado. Please comenten. Acá les dejo para que vean qué es BodyJump.
domingo 9 de octubre de 2011
jueves 6 de octubre de 2011
Obsesion
Muchas veces le había mentido diciéndole que tenía sueño para evitar un encuentro para el cuál ella no había tenido tiempo de preparse. Y hablo de cualquier cosa: no estar perfectamente depilada, haberse olvidado de teñirse las canas o sentir que un rollo desgraciado asomaba por el costado del corpiño.
Él sospechaba que no podía estar tan cansada siempre y temía, sin asumirlo, que esta situación indeseable increyera hasta lo intolerable cuando les tocara vivir juntos. Pero era un hombre hecho y derecho y entendía que su rol no era cuestionar sino acatar. Es cierto, sin embargo, que jamás en esos dos años y tanto se dió cuenta de que su mujer estaba tan increíblemente presentable cada vez que le dejaba acercarse a ella. No era detallista y asumió sin mucha vuelta que ella era lampiña, tenía un pelo marron claro parejo y había sido beneficiada con un metabolismo envidiable que la mantenía flaca y esbelta.
Los meses pasaron, y los años y ellos seguían enamorados. Acostumbrados al caracter del otro, deseando apostar a un futuro de a dos, planificando viajes e hijos sin ton ni son. El veinte de diciembre decidieron que era hora de vivir juntos. Lo que habían planificado cien veces pensando que "ya había tiempo para" ahora aparecía como un gran muro de deber que no sabían como esquivar sin fallarle al deber ser. "Ya es hora" sabían cada uno por separado y ambos en conjunto aunque las ganas no se hacían presentes más que en las papas fritas que estaban compartiendo. Él pagó la cuenta y la llevó a su casa sin pedirle que lo invitara a subir. Reglas.
Mientras manejaba cruzando los tres barrios que lo separaban de su departamento buscó los más variados argumentos para convencerse de una buena vez de que ella era Ella. Se dijo, romántico, que no importaba si nunca más tenía sexo, no importaba si no lo dejaba dormir en su misma cama algunos días, porque no sería más que una prueba para su amor qué el juzgaba eterno.
Ella pensaba en tatuarse el delineado de los ojos. En hacerse la depilación definitiva y en comprarse ropa dos talles más grandes para cuando la visitara el rollo de la espalda. Y se dió cuenta azorada de que ninguna de esas soluciones era otra cosa que paliativos para como realmente ella era. Imperfecta. Fea. Impresentable. Inamable.
Hizo una lista de las cosas que debía resolver antes de pensar en convivir con él. Su economía le permitía afrontar solo algunas. Y el tiempo pasaba y con él, su desesperación crecía. Ahorraba cada centavo, dejó de comer al medio día, dejó de viajar en colectivo. Durante dos meses se comunicaron por teléfono porque ella no quería depilarse para poder pagar una sesión más de la definitiva. Adelgazó tanto que la ropa le quedó grande. Ah, pero eso sí le venía bien.
Lo que más le costó fué pelarse. La peluca le había costado casi 30 almuerzos pero valía la pena, era el pelo que ella jamás había conseguido usando los shampooes más caros.
Tres meses después y suponiendo que tenía todo resuelto, lo llamó y lo invitó a su casa.
"Ya estoy lista" le dijo cuando bajó del ascensor. Desafortunadamente él lo único que percibió es a una mujer esquelética con el pelo levemente corrido de costado que se dirigía a él en un tono perturbantemente familiar.