Paradas en el anden del subte B, estación Carlos Gardel, una le dice a la otra algo así como "Si te vas te vas a quedar sin amigas...". Denota el cargo informal de lider positiva de un grupo de adolescentes, pero no es cierto. No es cierto que sea positiva, digo. Permanece inmutable mientras pequeñas torturas se perpetúan contra las más débiles, se sonríe por lo bajo. Todavía no le da el cuero para ser una yegua, pero cualquier testigo se daría cuenta que poco le falta para llegar. Hay otra más dando vueltas en ese momento, pero no aporta a la conversación, sólo está. Cuando termina de pronunciar su advertencia, se la queda mirando, intenta subyugarla. Se siente conforme con su actuación, sabe que cumplió con lo que su madre esperaría de ella. "Pobrecita, está tan sola... tiene problemas esa nena, convencela de que se quede" le diría en la cena cuando le contase lo de la tarde. Ella no piensa que la otra tenga problemas, verdaderamente no piensa en nada, no le interesa. Lo que pasa, y esto sí lo sabe y muy bien, es que necesita adeptas, seguidoras, admiradoras. Miembros débiles del grupo que legitimen su poder, carnada para las más crueles, seguir a salvo en su esquina pseudo angelical.
No le caen bien las retovadas. ¿Irse? ¿Irse a dónde? Ilusa la que crea que puede escapar de la burbuja judía. A los 17 años no hay a dónde ir. Aunque siempre está el afuera. Ese afuera goy y peligroso, dónde habita el SIDA y la gente festeja carnaval. El afuera donde los varones tienen esa pielcita fea y las familias son antisemitas y festejan Navidad. El peligro esta afuera. Irse no es una opción y menos, mucho menos, siendo tan débil e inestable como ella. No le miente cuando le dice que va a quedarse sin amigas. Empieza a entender el mundo, o mejor dicho, las relaciones humanas como dicotómicas. Supone que el placer de aplastar es igual al placer de ser aplastado, ¿Quién es ella para definir qué le gusta a cada uno?
La otra no contesta. Internamente maldice (una vez más) a dios por hacerla viajar en el mismo bubte que Melisa. Siente que no se merece la tortura de aguantarla. ¿Qué sabe ella de amistad? y lo que es peor, ¿qué sabe ella de su vida? Y si por alguna razón su profecía fuera cierta, nada la haría más feliz que quedarse sóla en casa con sus libros. Odia profundamente a sus padres por obligarla a ir con ellas, piensa escaparse y hacer otras cosas, leer, ir al cine... no lo pensó bien, pero sabe que no más. No más nada de eso. Presiente que la vida tiene otros matices, no le importa el costo. No es cierto, sí le importa el costo, no es valiente, es una nena de 17 años. Lo que pasa es que lo que cuesta, es quedarse. Huír no, huír da miedo, pero no cuesta. Se mantiene callada porque la experiencia le indica que responder es sinónimo de seguir escuchándo la insoportable voz de pito sermoneándola a cerca de lo que debería hacer. Tal vez hasta le cante Aladdín para mostrarle lo bien que le va en la clase de canto y sugerirle que vaya a ver su a profesora para aprender a respirar, no sería la primera vez. Se pregunta por qué la gente la escucha. Le da verguenza ajena la mayoría del tiempo, y tal vez ese haya sido el principal motivador... ¿Cómo permanecer en un lugar dónde se admira
eso?
El subte llega a Medrano. Se acerca a la parada sintiendo el aire de la libertad. Chau, le dice tímidamente, ignorando activamente a su tocaya Tamara que estuvo parada como guardaculo todo el viaje. Chau Nabel, escucha que le responde. Se cierran las puertas del subte y en ese mismo momento, como por arte de magia, una burbuja invisible se empieza a fisurar.