Miriam y Raúl reservaron una semana en un hotel en Mar del Tuyú. Les pareció una buena idea, ya que estaban en plan de reavivar la pasión, muerta y enterrada después de 30 años de matrimonio, empezar a hacer actividades cotidianas, juntos. Así, decidieron ir los dos al banco a hacer el depósito que les aseguraría el lugar en la posada cerca del mar.
Llegaron cerca de las dos y cuarenta al banco Río. Había cola, MUCHA cola, una cola que expulsaría a más de uno, una cola que mataba las ganas, pero no, ellos firmes se quedaron. Vieron como el señor guardia cerró las puertas a las tres y lentamente, juntos, avanzaron con pasos lentos hacía la terminal de auto servicio. Era la primera vez que Miriam, maestra de quinto, y Raúl, contador, depositaban plata sin la mediación de un ser humano. Se sentían osados, irreverentes....jóvenes.
Llegaron. Miraron la pantalla, no había botones. Miraron la pantalla.
Veían la ranura para una tarjeta que ellos no tenían. Pero estaban juntos, tenían que poder.
Miriam miró a su izquierda y vió que la chica tampoco ponía una tarjeta. Se tranquilizó, eso quería decir que no habían entendido mal.
Raúl trataba de encontrar un teclado, un maouse, algo para empezar a operar.
Atras la fila daba tres vueltas al banco.
No sé a cuál de los dos, finalmente, se le ocurrió tocar la pantalla. Respiraron hondo, se les había hecho la luz. No sabían cómo seguir pero ahora que tenían opciones se sintieron menos inseguros.
Cinco opciones. Leyeron una por una cuidadosamente. Fué Raúl el que sin pensarlo, apretó "Depósito en cuenta de terceros" y se sintió viril. Miriam estaba desorientada. Ya desde la pantalla táctil estaba desorientada.
Lamentablemente toda la seguridad de Raúl se acabó cuando se encontró teniendo que decidir entre Caja de Ahorro, Cuenta Única. Y para colmo, en pesos o en dólares.
Se miraron. Inmediatamente, haciendo gala de previsión femenina, Miriam le dijo a Raúl que no se preocupara, que ella tenía la información de la cuenta en un papelito verde, "en algún lado dentro de la cartera". Metió la mano y revolvió. Sacó, y sacó cosas. Raúl, mientras, muerto de verguenza, miraba a la gente depositando en los otros cajeros, tan veloces, tan fríos, pensaba. Miraba sus dedos moverse con destreza en la pantalla y se compadecía de esa juventud electronizada que no entendía el beneficio de interactuar con una persona. Miriam seguía buscando. Desolada, y como útima opción, metió la mano en el bolsillo del jean. Sin creerlo, apareció el papelito azul verdoso. "Cuenta Corriente", dice. ¿Y ahora? se preguntaron desesperanzados, sintiéndose tan viejos como nunca. El amor se extinguió. "Quedate acá que le voy a preguntar a la chica" ordenó Miriam, volviendo al trato habitual. Raúl no respondió.
Cuenta única en pesos, le dijo a los gritos. Número de sucursal, número de cuenta. Volvían a tomar ritmo hasta que apareció EL dilema: ¿¿¿¿número de sobre???
Fué Raúl el que, habiendo visto a por lo menos 14 depositantes pasar por al lado y hacer sus operaciones, estiró la mano y agarró un sobre. Sacó pecho, tecleó los seis números de corrido y puso ok sin revisar. Miriam estaba indginada: ¿y si está mal y tenemos que hacer todo de nuevo? pensaba...
La pantalla mostró un ticket. Supusieron que era para controlar y cuando pusieron ok, no pasó nada. Miraron la pantalla. Entendieron, ya casi llegando al final de este periplo y sintiéndose "biónicos" por completo, que se había "tildado" y había que esperar. No desesperaron. La pantalla, entonces, les planteó un nuevo dilema. "los depósitos deben ser en la misma moneda de la cuenta. ¿Aceptar?" Se miraron. Y bueno, dale, apretá aceptar... si total.... estamos jugados, ya, ¿no? No, dijo Miriam. Consultemos con la chica. Mirá si hacemos algo mal y la plata se pierde o si explota el cajero o algo. Raúl ya estaba harto y apenas ella se dió vuelta para llamar a la chica de informes, apretó aceptar. La máquina imprimió un ticket. El mismo que había visto en pantalla, ahora en papel. Wow, pensó. Esperó instrucciones con el ticket en la mano, el cajero se había vuelto a "tildar" y tardaba. "Ticket para el banco, insértelo dentro del sobre, cierre el sobre y deposítelo en la ranura". Emocionadísimo, siguió las instrucciones. Cuando Miriam volvió lo encontró inmóvil, mirando a la pantalla, esperando que pasara algo. Cuando, finalmente, el cajero imprimió el ticket comprobante de la operación, respiraron hondo. Habían logrado hacerlo. No se querían más que antes, pero habían pasado por una nueva aventura juntos.
Fueron hasta la puerta esquivando personas y le pidieron al guardia que les abriera, tanta aventura ameritaba un heladito. No se dieron cuenta con qué ternura y simpatía los mirábamos salir los 25 que estábamos en la cola hacía media hora. No escucharon llorar al borrego que corría por los pasillos mientras la madre le gritaba que volviera sin salir de la fila. Lamentablemente tampoco se hicieron cargo de lo que, personalmente, les deseé. Aunque...uno nunca sabe. Por ahí llegan un día a su casa y se encuentran con una terminal de autoservicio explotada en la puerta de su departamento...
viernes 11 de febrero de 2011
miércoles 9 de febrero de 2011
La Busqueda
Mucho se escribió del amor. Del amor como entidad, del amor como sentimiento. Incluso de las consecuencias del amor. Yo elegí callarme.
Me escudo siempre en la convicción de que hay cosas que no deben ser nombradas porque todo intento esta condenado a quedarse en aproximación, cayendo inevadiblemente en el lugar común y sobre todo, frustrando al escritor.
Por eso enmudecí, desaprecí. La verdad es que no sé si fué la valentía o la falta de oportunidad para huír la que me obligaron a volcar todo mi ser en la árdua tarea de descubrirle el secreto a mi amado. No pude. Y entonces ahora no me queda otra que soportar esta sensación de haberme abandonado para recrearme. A veces extraño a mi antiguo ser. Sobre todo extraño escribir, tener imágenes y abstraerme del mundo. Vivir a traves de las palabras. Extraño los comentarios, los twitts... Extraño un poco la impunidad, la libertad de seducir descaradamente.
Pero.
Así como la muerte, el amor. No Penélope, yo, la de atrás del personaje, respira. Respiro. Dejo de jugar un rato y me callo. Aprendo a ser mujer en permanente, a seducir mañanas, tardes y noches de corrido, a cenar desnuda aunque no esté tan flaca como quisiera. Aprendo a dejar que me mimen y a poner carucha cuando quiero algo, aprendo el poder de un puchero. Aprendo técnicas manuales y el braile de mi amor para saber qué me cuenta cuando no me quiere contar, aprendo a cocinar, incluso.
Y mientras, me pregunto cuál es la búsqueda ahora.
Me escudo siempre en la convicción de que hay cosas que no deben ser nombradas porque todo intento esta condenado a quedarse en aproximación, cayendo inevadiblemente en el lugar común y sobre todo, frustrando al escritor.
Por eso enmudecí, desaprecí. La verdad es que no sé si fué la valentía o la falta de oportunidad para huír la que me obligaron a volcar todo mi ser en la árdua tarea de descubrirle el secreto a mi amado. No pude. Y entonces ahora no me queda otra que soportar esta sensación de haberme abandonado para recrearme. A veces extraño a mi antiguo ser. Sobre todo extraño escribir, tener imágenes y abstraerme del mundo. Vivir a traves de las palabras. Extraño los comentarios, los twitts... Extraño un poco la impunidad, la libertad de seducir descaradamente.
Pero.
Así como la muerte, el amor. No Penélope, yo, la de atrás del personaje, respira. Respiro. Dejo de jugar un rato y me callo. Aprendo a ser mujer en permanente, a seducir mañanas, tardes y noches de corrido, a cenar desnuda aunque no esté tan flaca como quisiera. Aprendo a dejar que me mimen y a poner carucha cuando quiero algo, aprendo el poder de un puchero. Aprendo técnicas manuales y el braile de mi amor para saber qué me cuenta cuando no me quiere contar, aprendo a cocinar, incluso.
Y mientras, me pregunto cuál es la búsqueda ahora.
Etiquetas:
en primera persona
martes 8 de febrero de 2011
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