Hubo dos partes. Siempre pasa. Ella se concentró en hacerlo desaparecer de su memoria. Él nada, no intentó nada.
Ella abandonó la comida porque empezó a darle asco. Se olvidó de cargar el teléfono y cuando se murió no se dió cuenta. Se mudó al sillón y puso Aida a todo volumen, pretendiendo sufrir por otra historia más que la propia. Evitó los espejos y las duchas. Hasta que un día después de mucho, encendió la tele y recordó de repente que el mundo siguió haciendo de las suyas mientras ella no estuvo.
Él se guardó un fin de semana a hacer el duelo. No hizo nada fuera de lo cotidiano, el domingo fué a lo de sus padres a comer ravioles y a la noche vió futbol de primera. El lunes empezó la semana con otro aire. Trabajó hasta lo más tarde que pudo y cenó basura todas las noches de la semana. Subió 3 kilos y no se dió cuenta. Bastante rápido volvió a ser viernes y se enfrentó a la disyuntiva del tiempo libre y qué hacer con él. Recordó la invitación de su hermana y armó un pequeño bolso para pasar sábado y domingo en la quinta.
Los días pasaron para ambos. Mal o bien, los días pasan. Lo único que queda es la falta, la sensación de despertarse cada mañana sin Sebastián, la insoportable certeza de que sin Sebastián no hay nada. Vacío.
Ella no sabe qué pasó pero le echa la culpa a él. Él se acuerda todo con lujo de detalles (preferiría no hacerlo) y no sabe qué decir. Igual todo es banal, y en esto estuvieron de acuerdo. Con Sebastián se extinguieron las palabras.
4 comentarios:
muy bueno!
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