...EL ROMANCE EN LA LENGUA...

¡Aviso!

Este blog contiene textos ficcionales. Todo parecido con la realidad NO es mera casualidad, es simplemente parecido.
Si usted se siente identificado con algun texto, váyase a cagar. Seguramente algo mal hizo para ser musa de la desquiciada mente de la autora.

Leé - El libro

domingo 29 de agosto de 2010

It was about time...



Señores, esta es la imagen del cambio de estación.

jueves 26 de agosto de 2010

Goya




"Solo yo veo a mi maja desnuda", aseguraban muchos. Solo Goya tenía razón.

"Soy un Hugh Hefner a mi modo romantico"... (Guiño guiño).

"Lo que no se ve, en este caso, es particularmente interesante"... (risa pícara).

"Hice un negocio redondo: le pagué una vez y se desnuda cuantas quiero".... (Mirada socarrona).

"No sé por qué hacen tanta alharaca...todas están desnudas debajo de la tela".... (Reflexión progre, fumando lo que se fumaba en el 1800).

Y yo, como ferviente admiradora de Goya, digo:
Cualquiera se hace una maja desnuda, pero una maja vestida... ahí te quiero ver.

¿Dicen que perdí el norte?

La historia, para los que no la saben:
http://es.wikipedia.org/wiki/La_maja_desnuda

lunes 23 de agosto de 2010

El florerito de la abuela

No es que este furiosa, como quien diría "furiosa"... O sea... no. Pero sumado a un temita hormonal hay, hubo, habrá hasta el fin de los tiempos, situaciones en particular que una no...¿cómo decirlo?...no.... no tolerará. Claro, porque una no es una tilinguita, "vos esperame aca sentadita que yo YA vuelvo", no. Una exige atención, devoción, adoración incluso... Este temita de la ira, ¿no? Como que... claro, "me siento, me fumo un faso, vení negra chupala y después lavame la camisa". Es claro que no. Y no es de caprichosa, o bueno, un poco sí, pero no se explica SOLO con eso, no. Aunque tal vez esté efectivamente muerto, eso podría ser. O peor, por ahí se le cayó un ojo de tanto mirar porno berreta y está internado por una gravísima infección en el otro... o por ahí le reventó el calefón y le quemó los diez dedos de la mano y la pija (que justo andaba por ahí) uno nunca sabe, pero no hay que pensar mal, no. Yo nunca pienso mal. No es mi estilo.
Asi que nada, por ahí se me pase la iracundez de un momento a otro...¿no? quién sabe.... Por ahí se me pase la iracundez de un momento a otro cuando el reverendo hijo de puta imbécil mal parido aparezca y yo me de el gusto de partirle un florero de porcelana en la cabeza.

jueves 12 de agosto de 2010

Pendeja puta

No le queda ninguna duda de que la minita es una puta. Una puta fácil. No sabe por qué le sorprende tanto, siempre había sido lujuriosa. Como un tonto había pensado que solo él lograba eso, que solo con él se animaba.
Lee las últimas cosas que escribió y se da cuenta de que estuvo con, por lo menos, cuatro tipos en el tiempo que llevan separados. Cuatro. Puta.
No aguanta verla histeriquear y provocar a cuanto varón encuentra en Twitter y le da unfollow, asqueado. No lo soporta, no LA soporta.
Y sobre todo, no quiere que siga buscándolo. Quiere decirle que es una hipócrita, que es una regalada y que le da asco. Quiere degradarla para que lo deje en paz. Pero no se anima. Hay algo que lo frena, algo que no entiende qué es.
Ella le dice que todavía lo quiere, que lo necesita. Eso le dice la muy mentirosa. Porque él sabe que es mentira, lo tiene claro. Se la pasa revolcándose en camas que no son la de él, ¿de qué forma lo necesita?
Que se imagina estando con él y que sus fantasías le pertenecen por completo, que el tiempo solo hizo soportable lo insoportable pero que el amor que ella siente, y sobre todo la pasión que él le despierta, siguen esperándolo.
Al principio se conmueve. Pero no hace nada, no la quiere en su vida. Ella significa problemas.
Mientras se da cuenta lo puta que es vuelve a recordar que ella solo le había traido inseguridad. Pisar en falso cada dos pasos, eso sentía cuando estaba con ella.
No la quiere soportar más. Ni a ella ni a sus mails ni a los recuerdos. Él es un hombre feliz, entero, con una familia. Y ella es una puta... un pendeja irresponsable y caprichosa que no entiende cuando él le dice que no. Porque él sabe muy bien que ella estuvo con todos. Y con cuántos otros que no aparecen en sus textos. ¡Pfff! Y no, no le va a hablar. Ni le va a responder.
Lo más sensato, en ese punto, es borrarla, eliminarla y sobre todo, olvidarla. Hacer como que ELLA, nunca sucedió.

(Nota del autor: Nótese como a medida que avanza en la lectura, el lector comienza a relacionarse con el protagonista de la narración. El lector masculino, incluso, se identifica con él, elabora juicios de valor contra la "minita" y acuden a su mente experiencias similares.
Nótese como, a partir de la introducción de las inocentes palabras "con una familia" el lector se da cuenta que no todo es lo que parece).

miércoles 11 de agosto de 2010

Final feliz

Hace dos años, Flor Bonelli me invitó a la presentación de su último libro. Entre las cosas que dijo, me acuerdo de una particularmente: era algo así como, "yo escribo los libros que me gustaría leer, y por ende, los finales son siempre felices".
Tal vez a más de uno le parezca una estupidez, me hago cargo de lo femenino de la necesidad de que, al final, los personajes terminen juntos. Lo cierto es que si no fuera así, después de leer el primer libro, jamas hubiera leído un seguno o un tercero.
Me acuerdo que en ese entonces, pensaba que en general mis finales no eran felices. Eran reales. Abiertos a veces, crueles, otras. Felices jamás. No creía en los finales felices, y seguí no creyéndo cuando me tocó vivir a mi una historia sin final feliz. Claro que si me preguntaban la razón, contestaba con toda propiedad que soy una auténtica hija del becketteanismo del siglo 20, que mi generación no cree en utopías y que en los esquemas mentales de mis coetareos no se dibujan los finales cerrados y cómodos para el lector-espectador, sino los abiertos y realistas más presentes en Final de Paritida que en Orgullo y Prejuicio.
Pero no es cierto.
O tal vez sí. ¿Quién sabe?
Hace poco mi analista me desafió a que cambiara el final de una obra.
Salí a las puteadas porque claramente no me venía venir esa tarea. Nunca lo hice. Siempre con la excusa de estar pensando de qué forma podía estructurarlo, no lo cambié.
Sin embargo... si, sin embargo, algo pasó.
Escribiendo el final de (lo que espera ser) una novela me encontré regalándoles a mis cuatro personajes el final más feliz que pude. No el utópico, no el facil, no el rebuscado. El que debía ser. El que yo me atreví a soñar, el que mis personajes se merecían.
Porque yo no digo que amar sea esto o aquello. Yo no digo que enamorarse resuelva todo. Yo no digo que por sentirse así van a vivir felices para siempre. No. Yo digo, con toda seguridad, que enamorarse es de lo más inusual. Y doté a mis personajes de duda e inseguridad, de energía y de pasión y me di cuenta que si estaban tan llenos de humanidad, serían lo suficientemente valientes como para darse cuenta, los cuatro en su singularidad, que aunque durara dos meses, aunque significara romper con todo lo conocido, aunque se sintiera como una completa falta de control, eso que les hacía sentir el otro, era absolutamente ineludible.
Y se enamoraron y terminaron el relato juntos. Ni fueron felices, ni comieron perdices, ni se casaron ni tuvieron hijos. Eso ya dependerá de ellos. Pero yo, casi haciendo de Cupido, les permití que no el final, sino el principio, fuera tan feliz como debía ser.

martes 10 de agosto de 2010

La Apuesta

Una vez más, hicimos una apuesta.
Salimos a cenar. No nos vemos hace meses y nos ponemos al día con la vida de cada uno. Fiel a su costumbre a penas pide la cuenta empieza a despacharse con que seguro que nos van a matar con los precios. Voy a abrir la boca para discutirle pero decido saltearme esa etapa y voy directo al punto:
-Te apuesto a que nos sale menos de $120 entre los dos.
Y diciendo esto, le extiendo la mano, sonriendo desafiante.
Lo veo sonreirme, darme la mano y atraerme hacia el centro de la mesa para decirme algo.
-Hecho. Pero si perdes, me la chupas. Si pierdo pago la cena yo.
Dicho esto vuelve a su lugar. Yo me quedo dura. Pienso que me está cargando pero por la forma solemne en que se expresó y su gesto serio sé que va en serio.
No sé qué hacer. Mi orgullo no me deja decir que no, pero chuparle la pija a mi mejor amigo es impensable. Joni no tiene pija para mí. No tiene sexo. Me perturva la imagen que se me viene a la mente.
-Jon, no digas boludeces, le digo, intentando descubrirle la joda, riéndome.
-Va en serio. ¿Si o no? ¿Tenes miedo?
-¿Miedo de qué? Me parece que no da, nada más.
En ese momento llega el mozo con la cuenta. Siento pálpitos en el corazón, no importa lo que pase, de ahora en más sé que todo va a ser distinto.
Duda antes de mirar. Me sonrie disfrutando de la tensión.
-Menos de 120, ¿no?
No respondo. Siento la adrenalina en la sangre, el corazón acelerado, la boca seca. Jonathan mira la cuenta y con una sonrisa en los labios anuncia:
-Cientoveinitiuno con veinticinco.
Me quedo muda. Agarro mi cartera, saco plata, se la doy. Sé que él también está nervioso, pero se hace el canchero ignorando a propósito el tema. Salimos del lugar y caminamos hasta el auto de él. Hago el intento de charlarle como si nada, lo último que quiero es que sepa que estoy mortificada.
Me lleva hasta mi casa. Sé que tengo que bajar pero también sé que tengo que hacer o decir algo. No estoy dispuesta a acobardarme, asi que lo invito a subir.
La tensión en el ascensor es imposible, el corazón se me va a salir. Todavía no puedo creer lo que me está pasando.
Entramos a mi casa y como no aguanto más la presión le pregunto si todavía quiere que cumpla la apuesta.
-Claro. Quiero que me la chupes arrodilladita .
Por dios. No puedo creer lo que me está haciendo. No sé si es una lamida o una chupada larga, no sé si tengo que hacerle un pete hasta que acabe, no entiendo. No entiendo nada. Esperaba que me besara por lo menos, que hiciera el ambiente un poco menos tenso, más natural. Pero nada. Las luces prendidas y él parado en el centro del living.
Respiro hondo, apago las luces, me ato el pelo y voy a donde está él. Me arrodillo, le saco el cinturón y mientras siento sus ojos mirándome desde arriba. Yo no lo miro. Le desabrocho el jean y se lo bajo, no la tiene dura. El olor a hombre empieza a envalentonarme y para entrar en clima le bajo a penas el calzón y le doy besos y lenguetazos a la parte de arriba de la pevis. Tiene un cuerpo bárbaro y la sensación de incomodidad empieza a irse. Rápidamente se le va parando y cuando me dispongo a desnudarlo del todo, siento que las manos de Joni me levantan del piso. No entiendo.
Me mira con una sonrisa rara, disfrutando de mi humillación. Cuando me doy vuelta para alejarme, me agarra de la mano, me atrae hasta él y me da un beso.
No sé por qué no me suelto. Empiezo a excitarme. Es él el que se separa y casi en un susurro me dice:
-Me hiciste las cosas fáciles de tan orgullosa. Hace más o menos una vida que quiero estar así con vos.