En una cama, una mujer y un hombre. Él duerme de costado, mirando al público. Ella esta recostada sobre él, y lo mira con ternura.
Ella:
Quiero verte. Mirarte. Mantenerte la mirada. Te juro que lo intento, y por momentos lo logro, abro los ojos y hacemos contacto. Pero corro la cara. Me da mucha vergüenza. No logro sobreponerme a la vergüenza. Resabios del siglo 19. Mi madre que vive en mí, ¡no sé! Es tan maravilloso mirarte, tus ojos tienen ese queséyo brillante. Extasiados, masculinos. Y no lo soporto y corro la cara. Siento que me miras y odio perderme esa imagen. De vos, mirándome. Solo me queda hundirme en la ceguera y disfrutar de mis otros sentidos….
Él se da vuelta, se pone boca arriba y abre los ojos.
Ella:
No, shh, dormí, no, solo pensaba en voz alta.
Le hace mimos en la cabeza, él se vuelve a dormir, ella le pasa el dedo por el borde de la cara.
Ella:
La forma de tu cara. Es dan diferente a la de otros. Es tan delicada. No quiero mirarte a los ojos para desafiarte. Ni dejo de mirarte por entrega. Quiero abrir grandes las pupilas y decirte. Y escucharte. De negro a azul, de azul a negro. Negros y brillantes. Hermosos. Tan profundísimos, amor. ¿Amor? Tal vez…. Me da vergüenza mirarte. También me da vergüenza que me mires, pero no puedo hacer nada contra eso. Pudor. La sensación de ser tan vulnerable me desespera. Tal vez no quiero mirarte para que no sepas….Desvarío. Soy cobarde. Soy una nada sin vos. Sin tus ojos clavados en mí. Tus ojos negros tan poco extraordinarios, tan normales, tan comunes…..Mirame, adoro que me mires. Me siento hermosa. ¿Qué ves? ¿Qué ves cuándo me ves?....¿Que ves cuando yo desvío la mirada? Cuando desvío la mirada y me conecto con otras cosas, con el roce de tus manos, con la rugosidad del acolchado de plumas. Con la melodía relajada de la música que puse de fondo. Cambio todas esas sensaciones por la posibilidad de abrir los ojos y sostenerte la mirada.Pausa. Le pasa el dedo por los brazos, por el pecho.
Pausa.
Solo cuando casi al final, siento tu aliento de humo dulce cerca de la oreja, cuando tus labios succionan con avidez la piel de mi cuello, cuando tus ojos están fuera de mi campo de visión, ahí, como buena cobarde que soy, abro los mios. Y veo solo tu espalda. Y veo mis uñas oscuras arañándola, a veces dejando marcas de sangre. Y abro la boca para decirte algo, pero no puedo hilar una frase, porque ya no estoy en este mundo. Y siento tu peso arriba mío, y cierro los ojos, y aflojo los brazos. Y solo atino a desplomarme sobre el acolchado de plumas, con una incipiente sonrisa en los labios.