Es inevitable: el lenguaje administración vive en mí. Para cualquiera, organizar un cumpleaños no tiene mayores cuestiones. A nosotras (2x(licenciada-3)) nunca nos pareció sencillo. Primero tuvimos que definir nuestros objetivos múltiples y empezar a buscar alternativas. Recorrimos bares y lugares hasta donde pudimos, hicimos memoria, preguntamos. Pero nada, ninguno era lo que queríamos. Asumimos que ibamos a tener que asignarle una ponderación a nuestros objetivos y ponernos de acuerdo en esa ponderación. Pusimos plazo a la búsqueda y acordamos decidir en función de la información obtenida hasta ese plazo. Una vez que apareció una alternativa posible, nos encontramos en la disyuntiva de tener que calcular la cantidad de personas que planeabamos recibir. Cada una hizo un recuento lo más específico posible, considerando que septiembre es un mes de muchos cumpleaños y que varios invitados iban a tener que elegir entre nuestra fiesta y otra. Asi llegamos a un número, al que consideramos prudente calcularle la varianza; no sea cosa que por menos o por más haya problemas en el lugar. Si todo va bien y nuestro proceso decisorio fue acertado, podré invitarlos a mi cumpleaños dentro de dos semanas. Lo sabremos en unos días, cuando cerremos el trato. ¿Piensan que estoy exagerando? ¿Inventando? Para nada, así nos enseñaron a pensar y así de profesionales somos.
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