Hay noches y noches. Noches de hormonas enfiestadas, de aceleración. Hay noches depresivas, solitarias. Hay noches sin pena ni gloria. Hay noches de bronca, puteadas y libros.
En particular las noches de viernes, o de sábado, vienen siendo un oasis para mi....Las espero con ansias, porque representan un espacio de introspección, de tranquilidad y de silencio, donde puedo dedicarme a los placeres de la vida. Son noches donde las horas no pasan, el tiempo no existe, el reloj se detiene. Desde las 8 de la noche hasta las 3 de la mañana cada uno de los minutos son una inversión en mi misma. Es en ese momento donde mi yo más real invade mi conciencia. Y entonces, aparecen cosas nuevas, me vuelvo un ser creativo.....Hasta que me vence el sueño, o el hambre, y me sacan de ese proceso introspectivo fabuloso. Mi cama es el centro de mi vida, y lo digo sin connotación sexual; desde ella escribo, veo, escucho, hago, produzco. Dos controles remotos como extensiones de mis brazos compeltan el círculo. Mentiría si dijera que no me falta nada. Pero es precisamente ESTO lo que sé que voy a extrañar cuando tenga un otro acostado en la cama los viernes a la noche.
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