Si me preguntan que hice el fin de semana, debería decir, con toda franqueza, que me dediqué a la ficción. Terminé mi última obra, y me interné en las páginas de Marlene, una novela bellísima. La sensación de solo emocionarme con la ficción, con las historias ajenas, es para esta altura, una realidad. Nada me conmueve tanto como una hitoria de amor, de pasión, de humanidad. Tal vez por sentirla tan ajena a mi propia historia es que me caen las lágrimas. Floto como un ente en el limbo de la emoción, suponiendo, por 300 y pico de páginas, que es a mí a quién el masculinísimo protagonista, ama desenfrenadamente y a pesar suyo. Creo que podría vivir cada uno de mis días leyendo (mirando películas, obras de teatro, cuadros) que me lleven a un mundo que no sea el mío, donde logro abstraerme de todo, olvidarme de todos. Ser feliz.
Triste, ¿no? Desesperanzador. Crudo, real. En fin....habrá que agrandar la biblioteca.
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